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jueves, 5 de marzo de 2009

Arrepentimiento Genuino no es Borrón y Cuenta Nueva


Marzo 05-09

“El Señor es el único que produce el legítimo arrepentimiento”
Tomado de Desarrollo Cristiano - Editado por José Rueda

Texto Bíblico base: Joel 2:12-13


Siempre corremos el peligro de que se apodere de nuestras vidas la religiosidad que tanto atrae a los seres humanos. Ella nos ofrece una conciencia tranquila a cambio de algunas prácticas que, «en teoría», satisfacen las demandas del Señor. La Palabra, no obstante, señala que fuimos llamados a una relación de intimidad con Dios y no podemos cultivar con nadie una relación significativa si la limitamos a algunos pocos ejercicios rutinarios. Las relaciones más profundas son el fruto del esfuerzo y la dedicación de un compromiso cultivado en el corazón y que no admite la tolerancia del pecado por conveniencia de una amistad o de un beneficio temporal que podamos obtener.


Es a este nivel de compromiso que apunta el profeta Joel cuando comunica a Israel un mensaje de parte de Dios: «Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos.» El único arrepentimiento que realmente vale, en lo que respecta a la vida espiritual, es aquel que transforma la dureza de nuestros corazones y produce en nosotros un verdadero quebranto por el pecado. Es el que va acompañado, como señala el texto de hoy, por ayuno, llanto y lamento. Es decir, es la manifestación de una verdadera congoja interior. El verdadero arrepentimiento transforma la “dureza” de “mi” corazón y produce quebranto por “mi” pecado. Esto es totalmente contrario a la actitud de muchos cristianos que quieren sacar la paja del ojo de su hermano ignorando la viga que hay en su propio ojo. Jesús los llamó hipócritas, es decir, buenos actores. Este el tipo de cristianos que presentan un casting escénico y actoral en medio de la iglesia para señalar el pecado de otros y de esta manera disimular su propio pecado debajo de una máscara de falsa piedad.

Quien posee una mínima comprensión de los procesos espirituales en la vida del hombre sabe bien que esta clase de arrepentimiento no la puede producir ninguna persona. Más bien es el resultado de una acción soberana de Dios. Así le ocurrió a Isaías cuando vio al Señor sentado en su santo templo (Isaías 6), o a Pedro, cuando se postró a los pies de Jesús, proclamando su condición indigna delante del Hijo de Dios (Lucas 5). Solamente el Señor puede generar el legítimo arrepentimiento espiritual (2Ti 2.25).

Debemos preguntar, entonces, ¿cuál es nuestra responsabilidad en el proceso, si nosotros no podemos producir ese quebranto interior que Dios busca?

En primer lugar debemos rechazar toda perspectiva trivial del arrepentimiento. A veces, en nuestras oraciones, hacemos algunas declaraciones tales como: «Señor, te pido perdón por cualquier pecado que pueda haber cometido contra tu persona.» «Señor, ten misericordia de mi porque no soy tan pecador como mi hermano.» Tales expresiones eran comunes en la boca de los fariseos, son declaraciones muy generales como para tener algún valor. El pecado es un asunto demasiado serio como para encerrarlo en una sola frase o querer resolverlo como una tarea de escuela declarando la famosa expresión infantil: «Borrón y cuenta nueva.» Recordemos que en la vieja escuela no se aceptaban los cuadernos con borrones y mucho menos, nuestro Santo Dios, considerará aceptable la espiritualidad de los creyentes que creen poder presentarse delante de Dios con una vida manchada y llena de borrones. Alguien dijo: "La Vida es el Arte de Pintar sin Borrador".

En segundo lugar, si sabemos que el arrepentimiento es el resultado de una acción del Espíritu de Dios, nos compete crear los espacios y momentos durante el día para que se pueda producir la revelación que conduce al arrepentimiento, también debemos tomar serias medidas de carácter correctivo y de forma radical para “apartarnos del pecado que estamos reconociendo delante de Dios” y aún dice la Escritura, de cualquiera que llamándose “hermano” practique el pecado. Es decir, tenemos que permitir que el Espíritu examine nuestros corazones y traiga a la luz aquellos asuntos que ofenden al Señor. ¿Lo comprende? Hay muchos asuntos en nuestra vida que OFENDEN AL SEÑOR, esto es algo serio pero que lamentablemente ha perdido importancia en la vida de la iglesia. Ofendemos con tanta facilidad, es decir, “faltamos” con ligereza e irresponsabilidad en muchas áreas de nuestro carácter y por esta misma razón no sentimos temor o vergüenza “faltando” (ofendiendo) a Dios. Solamente con pedir discernimiento podremos comprobar cuanto anhela limpiarnos el Señor, pues no tardará en responder a nuestro pedido.

En tercer lugar, podemos saber que el verdadero arrepentimiento va a acompañado de señales externas que no pueden ser fabricadas: el quebranto, el lamento y las lágrimas. Tales señales pueden ayudarnos a diferenciar un arrepentimiento superficial de aquel que viene de lo más profundo de nuestro corazón. Procuremos, pues, la cercanía con su persona que produce en nosotros un corazón sensible y humilde.

Para pensar:

Cuando no permitimos el verdadero arrepentimiento en nuestras vidas, terminamos dividiendo al cuerpo de Cristo. El arrepentimiento verdadero implica mucho más que pedirle perdón a Dios. Anónimo

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